Habitáculo

La luz se filtra por las rendijas del habitáculo, me deja ver la capa dorada que cubre las paredes y la ropa. La boca salobre y los dientes rechinantes me recuerdan que anoche tuvimos tormenta.

Oigo la blanda letanía de las ovejas. Tres tristes animales con el pelaje ralo y la muerte en los ojos. Las alimento con el poco pienso que queda, si él no vuelve pronto nos moriremos todas.

Nos rodea un mar de arena que golpea y se cuela por cada poro de la piel, endureciéndola, convirtiéndola en cuero.

Solo quedo yo en este desierto, que en otro momento fue un cruce de caravanas. Mis hijos huyeron de un futuro de dunas insalvables, de un padre plantado en este erial y de una madre con los pies de barro. Somos las últimas en huir, las cuatro cruzaremos el Sáhara, camino de otro lugar donde pacer y balar en paz.

 

María Jiménez Toro
Tengo un nombre compuesto demasiado largo para la vida diaria, demasiado feo para usarlo al completo. Mi abuela paterna impuso que como su primera nieta, llevara su nombre, Francisca. Mi madre creyó que lo mejoraba añadiéndole un «María». El resultado fue que toda la familia por miedo a mi abuela, más que por respeto, me llamo por diminutivos más o menos cariñosos de su nombre, Frasqui, Curry, Paqui, Paquita, sin decidirse por ninguno y detestándolos yo todos.
Cuando me alejé de la familia y del pueblo, tuve el valor suficiente para expresar que odiaba ese primer nombre y que me agarraría al clavo ardiendo del segundo, María.