Todo en orden

La obra transcurre en Cádiz, a mediados de abril de 1811, cuando tuvieron lugar en Las Cortes los debates sobre la abolición de la esclavitud. La escena debe representar la sacristía de una iglesia de la época, aunque es suficiente con sugerirla. Bastará fondo oscuro y algunos objetos religiosos, algo de mobiliario, etc. Una silla grande de madera debe situarse en primer término, como si el público fuera el sacerdote ante el cual se va a confesar el protagonista. Este, Don Manuel Altalla de Chazarri es un hombre de mediana edad, cuya vestimenta, correspondiente con la época histórica, denota su rango social y su buena posición económica.

Entra con paso firme, con actitud condescendiente, como si todo lo que existiera en este mundo fuera de su propiedad, con un documento enrollado que porta en una mano y en la otra, un lujoso bastón, en el que se apoya al andar, pero intentando a toda costa disimular sus problemas de rodilla. Se sienta arrogante a la manera de un rey sobre un trono. Comienza a hablar:

Buenos días nos dé Dios, padre. Vengo a confesar. (Negando con el gesto.) No, no, no, no, no…. déjese de reclinatorio, que ya sabe que yo no me arrodillo ante nadie. Ni de pasar a la iglesia. (Se sienta, no sin cierta dificultad.) Aquí será mucho mejor, ¿no pregona usted que Dios
está en todas partes? Que lo que tenga que oír Dios, no tiene porqué oírlo el hombre. (Pausa.). Ni la mujer, que siempre tiene usted la iglesia llena de beatonas. Se coloca la estola que yo mismo le regalé y Santas Pascuas y punto redondo. Y no me proteste, que bastante generoso soy con este templo. Muy bien, comencemos. (Se santigua ostentosamente.) Ave María Purísima. (A modo de retahíla que le fastidia.) Yo, pecador, confieso ante Dios Todopoderoso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra, omisión y demás…, (Cortante.) Bueno dejemos la paja y vayamos al grano, padre. Ayer estuve en… (Lo interrumpe el confesor.) No, no he vuelto a caer en el pecado de la lujuria… (Con toda naturalidad.) Pero si ayer ni siquiera pasé por la calle de los «Los cuatro faroles», ni ganas me quedaron después de lo ocurrido… (Quitándole importancia.) No se escandalice, padre, que para eso está el sagrado sacramento de la confesión.
Pues que esta vez, padre, he caído en las garras de la ira. Ocurrió ayer tarde, que, en la tertulia del Café del Correo, se leyó un artículo de Diario Mercantil¹, que no sé cómo se ha permitido que se publique… (Ofendido.) ¿Cómo dice? No, no, de ninguna manera. Que no es que yo esté en contra de la libertad de prensa que aprobaron nuestras Cortes, pero algo muy distinto es que ataque a mis intereses… (Recapacita.) Bueno, los míos y los de muchos… Incluyéndolo a usted padre. Sí, sí, sí, sí, no se sorprenda. (Insidioso y con mucho orgullo.) Le recuerdo que parte de los donativos que recibe para su Hospital de la Caridad, provienen de los beneficios de la Compañía de Negros de Cádiz que fundara mi abuelo, don Manuel Altalla de Chazarri, de quien la recibí en herencia, junto con su noble nombre.
(Vuelve a su historia.) El asunto es que hay un grupillo de… (Duda, buscando el calificativo, hasta que lo encuentra.) … de… inconscientes, revolviendo todo, con eso de abolir la esclavitud… (Sorprendido.) ¿Cómo que es de recibo? Padre, lo único que van a conseguir, es acabar con la economía de esta ciudad y de esta nación… Uno de esos mal nacidos, Martínez de Pinillos, ese… ese jacobino sin oficio ni beneficio –padre, que sólo estoy diciendo la verdad- dio lectura a la crónica publicada, extraída de un papel americano, sobre un suceso en el sur de Estados Unidos. Pues el periódico informaba que, tras la muerte del dueño de una plantación, una de sus esclavas, una muy joven, por cierto, fue vendida a otra finca. Al poco, la esclava huyó de ese lugar y solicitó refugio en su antiguo hogar, al hijo de su anterior amo. Pero este, de inmediato, la devolvió a su actual propietario. Primeramente, la conversación giró, en principio, en torno a porqué la esclava había procedido así. ¿De dónde le venía la confianza de pensar que el hijo de su antiguo amo la ayudaría? ¿Qué tipo de cercanía había entre ambos? ¿Quizás porque eran de la misma edad y se habían criado juntos? Se elucubró con todo tipo de hipótesis, desde que habían sido amantes, hasta otra incluso, más peculiar: que quizás eran hermanos de padre y que, por eso, la esclava había pensado que el joven la salvaría de su infortunio.
En este punto, yo aproveché para comentar que, de cualquier forma, se había actuado conforme a la ley y al derecho: (Remarcando cada palabra.) Es decir, devolver una propiedad a su legítimo dueño. (Pausa.) Un murmullo de desaprobación se extendió por todo el café. Entonces, Pinillos retomó la lectura con la descripción del castigo infringido a la esclava… (Pausa. Traga saliva.) Tengo que reconocer que hasta yo mismo me sobrecogí… (Con cierta angustia.) Hubo quien comentó que ni a las bestias de carga se las trataba así. (Reaccionando para defenderse.) Yo me revolví, declarando que todo debía de ser una sarta de mentiras: ¿cómo iba nadie a estropear de esa manera una mercancía tras invertir en ella? Yo mismo, expliqué a la concurrencia, había pagado 400 reales de vellón por mi esclava Matilde, 400 reales… (Pausa de nuevo, recordando con resentimiento.) Aquí hubo de nuevo murmullos, pero de otra forma… sí, sí, comentarios… maliciosos cada vez más insidiosos, sobre todo por parte de ese fantoche de Pinillos. (Cada vez más exaltado.) Y de las palabras malsonantes pasamos a los insultos… -que me llamaron negrero y sepulcro blanqueado entre otras lindezas- y luego a los gritos y a las manos, para terminar con que nos retamos a un duelo a muerte… que tendrá lugar mañana al amanecer. (Traga saliva angustiado y se seca el sudor con un fino pañuelo de encaje.)

(Con tono conciliador y suplicante.) Padre, yo vengo arreglar mis cuentas con Dios nuestro Señor… Y a rogarle me ayude a solventar un asunto terrenal. Por lo que pueda pasar mañana… (Altivo de nuevo.) Por supuesto, el hospital recibirá una importante cantidad si usted firma que se compromete a cumplir las instrucciones de este documento… (Intentando aclarar.) No, no, es algo muy delicado y no creo el notario me aporte la discreción que necesito. (Con cinismo.) ¿Mi señora esposa? Mucho menos. Desde que se ha unido a ese… (Remarcando.) … Ese “aquelarre” bajo el nombre de Junta de…Damas o Señoras Patrióticas, o como se llame, está muy soliviantada². Y que quede claro que se lo consiento y permito porque estamos en guerra y la verdad que están consiguiendo uniformes para todo el ejército, que si no… (Escandalizado.) ¿Pues no para de decir que ella es también como una esclava? Y que para asamblea democrática ellas, que todo, todo, en sus reuniones, y en sus decisiones, se basa en el lema “una mujer, un voto.” ¡¡¡Una barbaridad!!! (Irónico.) ¡Ja! “Una mujer, un voto.” Esto nos va a llevar, a la larga, al sufragio universal, un desastre… (Sorprendido e indignado ante el comentario del confesor.) ¿Cómo? ¿Que eso sería lo justo? ¿Por qué? (Escucha y aún más indignado, replica.) No, no, no, no, no, padre, eso de que todos somos hijos de Dios no tiene nada que ver con la igualdad… (Cortante.) Bueno, sigamos con el asunto, que no tengo tiempo para discutir.

(Molesto.) No, si no es que mi esposa no sea capaz de gestionar mis asuntos. Es que, aparte de que tiene ojos en la cara -y hasta en la espalda- pues a ella también le han llegado las murmuraciones… (Incómodo.) Pues sí, esas sobre el hijo que tuvo hace dos años la esclava Matilde: que si a quien se parece, que si los rasgos, que si su piel… A buen entendedor… (Suplicante.) Por eso, creo que lo mejor es que pasen ambos a servicio de usted en el hospital. Será una gran aportación… junto con la cantidad aquí consignada, bastante generosa, ¿verdad? Sólo tiene que firmar aquí, padre, no puede negar la última voluntad de un hombre que casi está a las puertas de la muerte. No sería cristiano. ¿Qué si sobrevivo al duelo? Pues todo quedaría tal como consta en el documento… Matilde y su hijo, a servicio del Hospital de la Caridad mientras vivan. (Solemne.) Y yo le hago la promesa ante Dios nuestro señor de cumplir con la obra de misericordia de visitar y atender a los enfermos… (Con humildad y sincero agradecimiento.) Gracias, padre, gracias. (Se levante para marcharse. Vuelve a su habitual arrogancia.) Me marcho. Por cierto, no voy a decirle lo de “Dios se lo pagará”, porque de eso, ya me encargo yo.

OSCURO FINAL

1. 1 El artículo al que se hace referencia en esta obra se publicó efectivamente en Diario Mercantil de Cádiz de 14 de abril de 1811, en la sección de “Noticias extrajeras[sic.]”.
2. Existió en Cádiz durante la guerra de la Independencia una “Junta Patriótica de Señoras de Fernando VII”. Ver Vila, Juan Antonio (2007), El asociacionismo en la ciudad de Cádiz (1800-1874) pp.: 158-163. https://www.cervantesvirtual.com/portales/historia/obra/el-asociacionismo-en-la-ciudad-de-cadiz-1800-1874/

 

Désirée Ortega Cerpa
Es autora de teatro en un amplio sentido del término puesto que se ha dedicado tanto a la investigación y la crítica en artes escénicas como a la creación de piezas dramáticas. En su trayectoria, además, ha combinado la teoría y la práctica teatral, ya que se inició como actriz en el Aula de Teatro de la Universidad de Cádiz en 1984, para luego integrarse en el grupo Albanta.
Lo literario y lo científico se combinan de tal manera que encontramos productos artísticos afinados con la máxima precisión y reflexiones teóricas o análisis, bajo la forma de relatos o monólogos.
En cuanto a su producción dramática, ésta abarca en total siete piezas breves, todas publicadas, y parte de su obra ha sido reseñada en el Catálogo de autores andaluces (CDAEA: Sevilla, 1999) y Autoras en la historia del teatro español -Vol. III (ADE: Madrid, 2000).
Una de sus últimas creaciones, “Despertando a la princesa”, publicada en Mujeres para mujeres (Instituto de la Mujer-Ed. Jirones de azul: Sevilla, 2009) está siendo también representada por toda España y fuera de nuestras fronteras por centros educativos y asociaciones. A pesar de su sencillez, cumple perfectamente los valores de educar en la igualdad, sin maniqueísmo y de nuevo a través del humor, homenajeando además al cuento tradicional, tan incomprendido a veces por las últimas perspectivas de género.